domingo, 30 de noviembre de 2008

Yendo a la murga




Sino intuyera quién sos, estaría tomándome el primer avión, el primer tren, moto, ómnibus, auto o aladelta… sí, sería mejor un aladelta, libre, muy arriba, con abrazo asegurado, no importa de quién, el aire apretándome la cintura y vos, muy abajo, lejos de mi deseo.
Pero me quedo. Como una inútil esperadora que espera y para colmo, esperanzada. No podrás imaginarte cuántas veces me dije que sería la última espera, que nunca más, que basta de conjeturas filosas como tu ausencia, que harta estoy de suponer que vos estás aunque no estés. Desesperándome sin sentido en cada silencio que se suma al anterior, que crece como un embrión en mi vientre tibio y solitario; por elección, sí,…¿sí?.
A bailar con Los Mareados, ahí estoy por irme hoy, ahora mismo. No hay murga que me rechace. Tengo el color que quieran, las caderas torneadas, la voz áspera y oscura, el pelo rojo, largo como las piernas, el corazón sin deshollinar, el alma blanca y los ojos negros como esta noche en que decido decirte adiós. Aún suponiendo lo que pueda suponer.
¡Arriba Piedrabuena!, háganme un lugar en la ronda que en quince o veinte saltos los alcanzo y me sumerjo en la marea para olvidarme de mí. Saben que bailo muy bien; abrázenme fuerte y no me dejen escapar más... soy tan inestable.

Gracie

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