miércoles, 11 de junio de 2008

El Último Año


El Último Año

Ellos estaban parados uno detrás del otro. Con sus gruesas capas azules y las coloridas bufandas de lana.Habían logrado una formación perfecta, como él quería. Estaban acostumbrados al frío, pero aquella mañana, el aire hubiese podido ahogarlos; una cortina helada impidiéndoles respirar.
El patio del colegio sólo nieve; las paredes de grandes piedras rectangulares, un manto blanco e inexpugnable,la ladera glacial de una montaña,el fin del mundo.Esa era la sensación generalizada entre los alumnos; lo único que deseaban era poder entrar lo antes posible al lugar.
La columna de humo que emergía furtiva y ondulante desde la chimenea del establecimiento,la única imagen que los gratificaba.

Él apareció desde atrás, con paso ligero y silencioso. Todos se sorprendieron, ya que lo esperaban como lo hacía año trás año por la puerta principal del colegio.Aquélla era la última vez que ésto sucedería; cercano y tangible, el final de la carrera... dejarían de verlo definitivamente.

Aquel hombre, rechazado por toda la comunidad escolar, regía la institución desde hacía treinta y cinco años; heredero directo y único hijo del fundador de la misma.
La pequeña figura del director se acodó entonces cerca del portón de entrada, frente al grupo de quince jóvenes ansiosos por irse de allí de una vez por todas. Como siempre lo hizo, el primer día y sólo el primer día, les sonrió entreabriendo sin mezquindad los labios delgados y rugosos.
Sus dientes habían cambiado demasiado con los años. Se veían amarillos, muy oscuros, casi marrones. Vestido de negro, con la capa también negra, como siempre, la cara blanca como el día.
Luego de la sonrisa forzada, pronunció las palabras de rigor. Los chicos, impacientes, esperaron las consabidas : "Ahora pueden pasar. Este año ocuparán el aula número tal o cual; bienvenidos nuevamente... a estudiar y que tengan un buen año". Todo se repetía matemáticamente. Idéntico discurso, omnipresente su característica más relevante, una herrumbrada indiferencia, un desierto de sentimientos, la ausencia de algún rasgo de -"estoy vivo siento deseo los odio los quiero" - en el hacer y en el decir. Sólo un cúmulo de discursos; palabras huecas, gestos esquivos; una autoridad plena de inseguridades; esa vida plagada de fracasos y soledad, que le comía las entrañas.

Pero a ellos en nada les afectaban ya todas las carencias y falacias de aquél ser miserable. Sabían que a pesar del desprecio y el desamor que él les demostraba, en apenas nueve meses, dejarían de verlo para siempre.
Presentían la tibieza de la sala al entrar, cuando el "démon noir", como solían llamarlo, les dió un par de órdenes insólitas.

Debían sacarse las capas, doblarlas en cuatro y colocarlas junto a ellos, sobre la nieve. Segundo paso, hacer lo propio con las bufandas, ubicándolas luego sobre las capas; de ese modo cumplirían el objetivo: transformarlas en almohadas; fugaces. Luego, deberían acostarse uno al lado del otro en el mismo orden que guardaban en la fila y cuidando de apoyar bien las cabezas sobre la ropa dispuesta con tal objeto. No era cuestión de comenzar el año con quince alumnos enfermos...

En medio del más absoluto desconcierto, los jóvenes cumplieron las órdenes del superior.
Una vez que todo y todos se encontraban en el lugar correcto, el director se quitó los guantes de cuero y los tiró al piso; dos palomas negras, muertas y abandonadas en medio de la nieve, con la vida tan lejos como la mirada del hombre que entonces comenzó a caminar lentamente hacia el grupo.
Lo hizo como quien va a realizar la inspección de los soldados en un campamento militar.

Súbitamente al hallarse frente a ellos, abrió su capa y extrajo de los bolsillos de su sobretodo un par de armas.Con la rapidez y puntería de un experto, y aún más que esto, ejecutando holgadamente lo increíble, sin darles tiempo al menor movimiento, les disparó con rigor,un tiro en la frente, a cada uno de ellos.

Gracie

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