Cruzábamos la Avenida Santa Fe. Yo en auto, vos a pie. Mientras te miraba supe que no te vería más. Las manos en los bolsillos de la campera, caminabas tranquilo; no te diste vuelta ni una sola vez.
Yo, en cambio, te seguí con mi mirada hasta perderte. Traté de disimular la emoción que latía-me en el estómago frente al chofer del taxi que tosía, arreglaba el espejito y me echaba una que otra ojeada. No sé que cara tenía, qué color de pelo, qué voz, qué nada de nada.Yo estaba en mi mundo; todavía la presunción de tu ausencia definitiva era sólo un imperceptible haz de negros en aquella noche de resplandores surrealistas. Lo que me hacía sonrír con los labios estirados hasta el extremo de las comisuras, tenía que ver con tus ojos, verdes, como a mí me gustan; con tu sonrisa que me robó el aire durante ese tiempo inolvidable que te tuve frente a mí... con tu mano derecha que acarició mi izquierda, con esa piel tuya, que me hizo temblar los labios y la voz. Y yo sólo atiné a cambiar esa dicha de oleaje creciente y audaz que invadía hasta el espacio más olvidado de mi ser; separé mi mano de la tuya, la alejé y lo único que supe, a fuerza de no saber, fue comenzar a hablar y a hablar de no importa qué, para no tener que decirte cómo y cuánto deseaba besarte, que vos también me gustabas, y tanto, que no quería que te fueras, que no quería que te fueras nunca; aunque sorprendido, se pegaba a mi silencio, aquel absurdo sentimiento; una ilusión.
Por eso no te lo dije, entre otras cosas. Por eso y por miedo, por miedo a volver al ruedo; a sentir esas ganas irrefrenables de dejarme envolver por tus brazos y treparme a la vida; por miedo a no poder escaparme de ningún incendio y quedarme a sabiendas, mientras el calor me convirtiese en curvas de rojo vapor contornéandome sobre tu cuerpo.
Por miedo y por vergüenza y por creer que no podía... cuando en verdad puedo, ¿sabías?, y puedo tanto, que es por ello que no logro domesticar este volcán que me habita desde que no estás.
Y es por ello, porque puedo, que al menos quiero que lo sepas, aún cuando ésto ya no te importe; porque sé que tus veranos llegaron antes que los míos, que apenas guardás algún recuerdo de cenizas; que estás mirando el eclipse de luna desde la ventana grande, la que está justo frente al mar, la que enmarca tus sueños y otros paisajes y otros amores. Por eso también se que no habrá llamados, ni mensajes de texto, ni mails, ni viajes relámpago; ni nada, que vuelva acercarte a mí.
Gracie
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