
una multitud vestida de luto irrumpió silenciosa en mis más íntimas historias. Desparejas, con sus enigmáticos radares, hijas de las sombras y los infiernos, se instalaron aquí en busca de comida, calor, refugio; y sin importarles que mi cama era mía, también hallaron un lugar donde procrear. Mis almohadas de blanco algodón, transformadas en apareaderos.
Así también la alacena, la bañera y la cara oculta de los cuadros, devinieron sitios seguros.
"Partout ailleurs"-dije con furia- como sin en otro idioma no pudiesen escucharme; hasta tal punto me aterrorizaban que pretendía no contrariarlas y mucho menos que sospechasen acerca de mis malévolas intenciones.
Una madrugada de ojos muy abiertos, como desde hacía ya más de vientipico de días, me sentí tan confundida que hasta pensé en mudarme. Pero ¡¿cómo siquiera imaginarlo, cuando acababa de firmar la renovación del alquiler hacía apenas un mes?!
Irreverentes, dejaron las hebras de sus sucias babas en cada rincón de mi territorio. Y no hubo espumas, ni geles, ni negros rocíos de venganza que pudieran con ellas; sólo mis zapatos reticentes primero, desaforados después, en el vano intento por erradicarlas.
Cinco largos meses de miedo indisimulado, de latidos arrítmicos, de no querer abrir la puerta para entrar a jugar.
Nunca voy a olvidar el amanecer del primer día del sexto mes... las horas transcurrieron serenas y llegó la noche; bálsamo tibio vestido de plata y perfumes. Mis ojos, dos soles que no recordaban madrugadas sin vigilia, festejaron con la sombra después de tanta espera.
Supe entonces, que no había ganado tan sólo una batalla; mis pies, mis manos , mis gritos y aquellos fluídos letales que me hicieron toser de bronca, ahogo y dolores varios, teníamos la victoria en un puño. Por fin, se acababa el juego: hundido, hundido, hundido. Fin de la guerra.
Cinco largos meses de miedo indisimulado, de latidos arrítmicos, de no querer abrir la puerta para entrar a jugar.
Nunca voy a olvidar el amanecer del primer día del sexto mes... las horas transcurrieron serenas y llegó la noche; bálsamo tibio vestido de plata y perfumes. Mis ojos, dos soles que no recordaban madrugadas sin vigilia, festejaron con la sombra después de tanta espera.
Supe entonces, que no había ganado tan sólo una batalla; mis pies, mis manos , mis gritos y aquellos fluídos letales que me hicieron toser de bronca, ahogo y dolores varios, teníamos la victoria en un puño. Por fin, se acababa el juego: hundido, hundido, hundido. Fin de la guerra.
Gracie


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