Un velo imprevisible de melancolía combativa, le bajó desde la frente hasta la boca; le laceró los ojos que nacieron a dos soledades ciegas y descendió con lascivia hasta apretarle la garganta.
En ese instante de lucidez, con luces sin relieve,
aprehendió sin siquiera poder llorar,
que jamás volvería a verlo.
Gracie
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