
Corrió como un desaforado por aquel pueblo de laberintos irregulares. Él debía conocerlos bien, sin embargo se sentía cansado y quería encontrar rápido un lugar donde descansar.
Débil después de varias noches de intentos fallidos, deseaba escapar de esa madrugada que se extinguía, pincelando con levedad de acuarelas un cielo sin estrellas.
Los chicos de Ballestra, sin permiso de los padres, se refugiaron en la cabaña del Lago Hondarribia; catorce años, el cuerpo y el alma encendidos en busca de aventuras.
El más chico (minutos apenas, ya que eran mellizos) despertó al hermano con un empujón, gritando y con los ojos desorbitados.
-¿Pero qué te pasa Alféizer? ¿Te volviste loco?- preguntó el mayor que dormía plácidamente, cuando el otro le dio tremendo sacudón en la espalda.
-No Fauno, rápido, ¡levantáte! Mirá, mirá por la ventana, allá, sobre el lago, cerca de la islita -dijo de corrido para que su hermano no perdiese tiempo ni detalle alguno.
-¡No veo nada, hay bruma Alféizer; pero mirá que sos pesado! -agregó con fastidio conociendo las supuestas visiones de su hermano, que cruz o rosario en mano, esperaba siempre cruzarse con algún santo, un espíritu blanco o lo que fuese que lo acercase a Dios.
-Detrás de la bruma, detrás...aclaró el más chico, y luego con una excitación imparable agregó: ¿ahora lo ves? mirálo por favor, ¡sí, es un ángel! -concluyó embelesado. Se quedó con la boca abierta trás pronunciar la última palabra; casi hipnotizado por aquella imagen reaccionó con energía cuando Fauno, desestimando su idea, opinó que podía ser un ave muy grande, que tal vez había
migrado de quién sabe dónde, que tenía alas negras e irregulares y que por lo tanto un ángel...
-¿Un ángel, qué? -lo inquirió con firmeza y un dejo de furia Alféizer. ¿Quién dijo que los ángeles tienen alas blancas y regulares? ¿Acaso vos los viste alguna vez?
-No, y vos tampoco -dijo serio y medio harto el hermano mayor.
-Pero a vos nada de esto te interesa y yo te aseguro que eso no es un pájaro ni nada conocido hasta hoy. Ese es un ángel; lo presiento, estoy seguro, te juro Fauno, créeme, esta vez estoy seguro. Por algo vinimos a pasar la noche acá, fue un presagio.
-¿Presagio? Vos sos el único que cree en estas cosas. Pero bueno, está bien. Es un ángel,´¿y ahora qué? -concluyó con un ademán casi compasivo.
Mientras tanto, el desconocido se desplazaba a una velocidad increíble a un par de metros del piso, buscando con desesperación un refugio donde echarse a recuperar fuerzas.
Un obrador de cemento gris, en apariencia cerrado herméticamente, fue una suerte de aparición en aquel campo desierto. Más que un obrador, un calabozo para reos de alta peligrosidad, eso parecía esa cosa, pero a él no le importó en lo más mínimo. De un sólo golpe rompió el triple candado y se metió como llevado por el diablo.
Alféizar quedó enmudecido al ver la rapidez con la que su ángel había desaparecido; pero se sentía feliz; sabía que se hallaba dentro de aquél cubículo. No iba a desaparecer, ¡podría verlo!, se sentía emocionado y tembloroso; tan emocionado que estaba a punto de llorar cuando Fauno le dijo que aflojara con esa historia, que exageraba, que esa cosa era un bicho raro, ¡ pero que un ángel, de ángel no tenía nada!.
El otro, mientras apretaba el rosario con las manos traspiradas le repitió lo mismo que al principio, insistiendo en que nadie sabe cómo son los ángeles y "que mucho menos vos, que no creés en nada ni en nadie" -terminó diciendo con vemehencia el pequeño Alféizar.
-Yo voy a ir al obrador, voy a intentar entrar, si querés vení, sino voy igual -agregó con su voz aguda, todavía inocente de graves, exenta de cualquier oscuridad.
-Está bien, le contestó Fauno decidido, con la intención de demostrar que él, de miedo, "nada", -yo no le tengo miedo a nada, dijo mostrándose seguro y decidido.
Corrieron como dos chicos que eran, con esos saltos desparejos con los que voltean todo lo que aparece en su camino, resbalaban en el pasto bañado por el rocío, trastabillaron varias veces cayendo en más de un pozo, hasta llegar por fin a la puerta del cubo mágico.
Alféizar sentía que le ardía la cara, mientras que Fauno, ya no tan tranquilo, se movía hacia adelante y hacia atrás, hamacándose en su indecisión.
Pero para sorpresa de ambos, la puerta se entreabrió mínima, tan mínimamente que apenas dejó un resquicio para que entrasen sus dos cuerpos, delgados como juncos.
Una vez adentro, la puerta se cerró con un golpe seco y un sonido indescifrable les quitó la respiración.
-¡Eh! ¡Eh! ¿Qué pasa? ¡No veo nada! -se aventuró a gritar Fauno a voz en cuello.
Afuera, el sol iluminaba con reticencia la soledad interminable de los campos. El silencio se escuchaba tan abismal que ni los pájaros se animaron a quebrarlo. Sólo un sonido de textura atercipelada susurraba como un río en su cauce final; el murmullo casi inaudible de la sangre, que corría densa por debajo de la puerta del viejo obrador.
Gracie


1 comentario:
Pobrecitos, murieron juntitos, haban existido los cuatro minutos ????? Tenés una gran imaginación, muy bueno. Ade-
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