
Cuando entro a tu casa, dejo el reloj afuera, detrás de una de las macetas del balcón y junto a él, una pequeña caja forrada en raso rojo, donde escondo la mirada que no puedo revelarte y los besos que sé, tampoco podré darte.
Cuando entro a tu casa, blanca, con techos rojos, leños encendidos, café caliente, risas bajando distraídamente por la baranda de la escalera, sólo deseo que el tiempo sea un pájaro que dibuje un vuelo rápido de despedidas; por eso no quiero mirar el reloj; me distrae, me tensa, las agujas mirándome fijo y mi corazón latiendo con latidos crecientes, aprisionados; por eso no quiero llevarlo puesto y lo abandono antes de entrar, y después del café y de las masitas y las sonrisas de todos para con todos, hablando de cualquier tema, los chicos corriendo alrededor del perro que ríe también con las orejas altas y el cuerpo semiapoyado en la alfombra, panza rasante, desafiando sin palabras a un -perseguíme si podés-, y es entonces cuando confirmo que -qué bien hice en esconder algunas de mis miradas-, que sólo me dejo puesta ésta, la social, la que todos conocen y elogian porque es -tan franca, transparente, risueña y tantos adjetivos más que terminan por paralizarla-, por eso no pienso sacármela cuando vengo los domingos a la tarde a tomar estos cafés con masas en medio de este desierto de amores, de este volcán agazapado que me incita sin desmayos, de esta soledad que me obliga a seguir viniendo a verte, aunque deba dejar en la caja roja todos los besos que nunca voy a darte, junto al reloj, allá afuera, porque si me pongo todo antes de entrar, voy a mirarte sin pudores y frente a todos, y sin importarme nada, me diré que tengo permiso, que puedo, y entonces haré lo que tenga que hacer y estaré feliz de saber cuánto tiempo tengo por delante, para tomarte de la mano mirándote sin pestañear y llevarte a dónde el deseo decida y no dejarte volver nunca más.
Gracie


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