
Marcial caminaba con pasos largos y nerviosos. Ya eran las diez de la noche y nada. Ni siquiera una moneda para ir a algún lugar, aunque no supiese cuál.Había cruzado varias avenidas; transitado calles cortas, calles largas, oscuras y frías. ¿Cuántos timbres había tocado? Perdió la cuenta. Pero no podía quedarse con eso, no encontraba otra solución. Tendria que volver a hacerlo. La calibre 22 que llevaba en la parte posterior del cinto le daba seguridad y al mismo tiempo, lo ponía tenso; y eso que aquella noche nada de droga, ni un céntimo para comprarla.
En verdad, él era casi novato en esto de salir al mundo para ver cómo comer, ir a cazar lo que se pudiese y hasta matar o morir, llegado el caso.El arma, comprada hacía un mes al tío de Ramón.
La tuvo por fin en sus manos, una madrugada sucia y desvencijada en la plaza de la Catarbia, cerca del barrio 14, donde vivía Tenaza Boccanegra, el jefe de los novatos.Marcial quería abrirse, por eso lo del arma por su cuenta. Ya no más trabajos a lo grande, -como los llamaba Boccanegra-planes inalcanzables para él.Casa por casa, solo, sabía que eso le iba bien. Eso sí, si había que tomar medidas duras, y eso lo tenía muy claro, lo haría sin dudar.Aquella noche ya no quería jugar más a las timbreadas. Desde las seis de la tarde y ni una bien. No pudo acceder a nada ni a nadie. Cambio de voces, de excusas, falsos deliverys, pariente lejano con historia recién hilvanada que llega con un : Toco el 3o. C y enseguida: ¿A qué no te imaginás quién te habla? ¡vamos, adiviná! acabo de llegar de viaje ¡dale, abrí, me muero de ganas de verte! Y decenas de frases distintas esperando alguien que dijese:-¡No lo puedo creer, subí! Después, qué importaba el después. Lo que fuese. Lo que hubiera que hacer.
En el 5o. piso B de la avenida Olimpo, Zumara estaba comiendo con desgano una sopa de cabellos de ángel, casi fría. No tenía hambre, ni sueño, ni frío, ni calor; sólo lo de siempre. Esa soledad que la estaba deshaciendo por fuera y por dentro. Esa impotencia, esa furia contenida que le hacía golpear con frecuencia más de una pared sin motivo aparente.Muchos años llevaba ya en aquél monoambiente lúgubre, con su oscuro mundo a cuestas. Trabajo, más trabajo, más trabajo.Cuentas a pagar, demasiado silencio. Ya ni el televisor ni la radio. Sólo la bronca, el desprecio desenfrenado que le apretaba la garganta desde que la última de sus parejas la había dejado. Y para colmo, además de haberle robado la alegría, se llevó también lo poco que Zumara tenía en el banco; el resto de dos aguinaldos para un viaje soñado juntos, algunos euros conseguidos luego de la venta de algunas alhajas de la familia que aún conservaba.En fin,"chauchas", se decía con frecuencia. Sobrevivía al menos, pero nada la arrancaba de esa sombría sensación de final; una suerte de presagio que la acercaba seductoramente hacia un camino sin salida.
Terminó de lavar los dos o tres objetos usados para su mínima cena y fue al baño a sacarse el poco maquillaje que aún le quedaba; sobre todo en la boca, ridículamente roja, que le ensuciaba los dientes haciéndola ver realmente desagradable.
-Me olvido de mirarme - les decía por lo general a sus compañeras de trabajo cuando se lo mencionaban.
-Asi ningún hombre va a fijarse en tu sonrisa, Zumara. Cuidate un poco más. Arreglate el pelo - le aconsejaban dos o tres mujeres tan o más insignificantes que ella.
Mientras el algodón arrastraba el resto de polvo grueso y pálído que cubría su cara regordeta e inexpresiva, sintió que algo debia hacer. No sabía qué. Pero...¡así, así!, -repetía en voz alta- así no voy a seguir. Estaba tan furiosa que se volvió a pintar los labios con ese color red night de una marca americana; se miró y de inmediato, casi con desesperación, comenzó a refregarlo frenéticamente por toda la cara hasta ser tan sólo una mancha grasosa y roja.Se hallaba absorta en esto cuando sonó el timbre del portero eléctrico.
Se sobresaltó; nadie la visitaba y menos a esa hora. Seguro que alguna cartonera le iba a preguntar : Doña ¿tiene alguna caja más para bajar? No iba a atender pero, ¿por qué no? - pensó. Quién sabe, a lo mejor, algún vecino que se olvidó la llave. Se lavó la cara con la rapidez de una maratonista y corrió agitada hacia el portero eléctrico.
-Hola, y del otro lado, el Hola de una voz masculina algo grave y desconocida. Hola, repite y espera.
-Hola, ¿Cecilia? - pregunta el hombre desde la planta baja. Ella duda por un momento y al tiempo que siente odio y hartazgo, un torbelllino vehemente e imparable maneja sus pensamientos sin darle opciones.
-¿Qué dice? ¡no lo escucho bien! - contesta mientras piensa a toda velocidad.
- Cecilia, Cecilia dije, ¿ cómo estás? ¿ Es el 5º B, no? -Sí - respondió la mujer. -Soy yo... -aventuró Marcial tratando de que su voz sonara amistosa y simpática, a punto de no saber ya qué inventar.
-¡Ah sí! ...¿cómo te va? - dijo Zumara con voz jovial y amable. Subí -agregó con rapidez como para no arrepentirse. Apretó el timbre para darle vía libre al desconocido. Mientras escuchaba subir lentamente el ascensor, comenzó a apagar las luces del departamento. Entreabrió la puerta y se dirigió a la cocina para buscar el cuchillo más grande y afilado, que guardaba en el cajón derecho de su pequeño placard blanco.
Graciela


15 comentarios:
¡Buenísimo! Triste y buenísimo. Hay vidas que están predestinadas a cruzarse.
Un abrazos.
Gracias Andrés por tu siempre bienvenida visita. Es verdad, hay vidas, que por alguna bella o trágica razón, se entrecruzan.
Un abrazo, Graciela
Hola, es la primera vez q paso por aqui y me gusto mucho lo que lei.
Un beso, si quieres pasa por el mio.
Me alegra que te haya gustado el texto Pauh! Bienvenida y ya pasé por tu espacio. Buen trabajo el tuyo!
Saludo grande,
Graciela
Qué tensión, Graciela. Buenísimo.
Me hundí en el relato.
¿La de Marcial es una zaga, hay más?
Un abrazo.
Qué bueno que te haya gustado Máximo! Gracias por tu comentario y...ojalá fuera una zaga, pero no, ahí quedó la cosa.
Te mando también un abrazo,
Graciela
Qué bueno que te haya gustado Máximo! Gracias por tu comentario y...ojalá fuera una zaga, pero no, ahí quedó la cosa.
Te mando también un abrazo,
Graciela
muy bueno! el final inesperado.
Qué bueno Mara que me andes visitando! Gracias.
Saludo desde el gitanerío,
Graciela
- Hola, me gusto, con fideos "cabello de angel" y muchas cosas. Besos. Ade
Hola..
Yo soy Karina, compañera tuya del taller literario que hace Fabian San Miguel, en el centro cultural de Belgrano.
Pasaba por aqui para pasarte bien mi blog, al que le faltaban 2 letras...
Pido disculpas por mi equivocacion, lo que pasa es que me mareo con todo los nicks que tengo en millones de paginas...ja!...
Sinceramente, ultimamente no estoy bien para leer y ofrecerle la necesaria consentracion...por ello no quiero faltar el respeto a tus textos, que por lo que pude escuchar en la clase, me gusta ...y leerlos cuando pueda disfrutarlos realmente.
Un abrazo para vos.
Nos vemos.
Hola graciela. Agradezco que hayas pasado por el blog. espero nuevos escritos acá en gitanos. Por cierto me divierte mucho el nombre del blog.
Mara
Gracias Ade. {Entro poco al blog y me complace y mucho encontrar qu la gente sigue visitando mis textos. TE mando un gran cariño.
Graciela
Karina, gracias muchas por tu visita. Uno no puede estar siempre "disponible" para leer...a mi me pasa últimamente; las cosas van y vienen; ya nos leeremos las dos.
Abrazo, Graciela
¿Conocés la canción de Rubén Blades? Esa que dice sorpresas te da la vida...
Y sorpresas te dan los blogs. Excelente cuento
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