
A papá le quedaban pocas horas en el haber de este lado de las cosas. Su alma, silenciosa, comenzaba a encarmarse en los resplandores del vuelo.
Aquel anochecer de mayo, con tus rasgos pétreos, tu mirada protectora de lo inevitable y tu corazón de alondra empecinada, intentaste que su boca, clausurada de vida por propia decisión, aceptase algún que otro sorbo de leche tibia. Entonces, fuiste vos la hija de mi padre, justo entonces, en el momento exacto, horas antes denodecirnuncanadamás horas antes de que la luz regresara cobijada por aquel sol descaradamente radiante.
Yo no estaba allí. Una locomotora sin frenos me llevó enfundada en su vértigo de furias hacia la medianoche. Mi tren se detuvo apenas al amanecer. Bajé, pasos largos, mucho más largos que los que mis piernas pueden, me enseñaron a caminar por encima de lo visible.
Entro, gente, mucha, ascensor, botón, toco piso catorce.
Este sol que desafía no me deja ver, me confunde. Mi mirada se estira hasta la ventana. Debajo de ella, la cama vacía.
El médico entra y no me dice nada; no hace falta.
-Corré la cortina Ignacio -le dije- este maldito sol me está matando.
Aquel anochecer de mayo, con tus rasgos pétreos, tu mirada protectora de lo inevitable y tu corazón de alondra empecinada, intentaste que su boca, clausurada de vida por propia decisión, aceptase algún que otro sorbo de leche tibia. Entonces, fuiste vos la hija de mi padre, justo entonces, en el momento exacto, horas antes denodecirnuncanadamás horas antes de que la luz regresara cobijada por aquel sol descaradamente radiante.
Yo no estaba allí. Una locomotora sin frenos me llevó enfundada en su vértigo de furias hacia la medianoche. Mi tren se detuvo apenas al amanecer. Bajé, pasos largos, mucho más largos que los que mis piernas pueden, me enseñaron a caminar por encima de lo visible.
Entro, gente, mucha, ascensor, botón, toco piso catorce.
Este sol que desafía no me deja ver, me confunde. Mi mirada se estira hasta la ventana. Debajo de ella, la cama vacía.
El médico entra y no me dice nada; no hace falta.
-Corré la cortina Ignacio -le dije- este maldito sol me está matando.
Graciela
A Norma Ríos Ibarrola


4 comentarios:
Me emociona este relato. Siempre relacionamos la muerte con la oscuridad, pero ese sol brilla tanto que ahoga, que quita la vida. Me gusta tu manera de contar
Abrazos
Andrés, me alegra y mucho que te agrade la manera de contar mis sentimientos. Gracias por tus visitas y tu palabra.
Un saludo de bienvenido nuevamente, y cariños,
Graciela
Graciela me parece un relaato muy fuerte pero no por eso menos heermoso. me encanta el ritmo del relato
Saludos
Nanu, qué bueno que te guste el ritmo, que te guste el texto! Gracias por venir hacia mis palabras.
Saludo gitano, con pena y alegrías, a pesar de las sombras del texto.
Graciela
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